La vida de uno de los boxeadores más famosos del mundo ha transcurrido entre calles bravas, cuadriláteros, juzgados, escenarios y tabloides. Sus peleas pueden ser recordadas en sitios de box on demand. Por eso Mike Tyson (Nueva York, 1966), dos veces campeón de los pesos pesados, vive hoy a la sombra de su pasado tortuoso. A veces “capullo”, a veces “imbécil”, a veces “arrogante”, casi siempre “más loco que valiente”, el púgil más joven de la historia en conseguir un título mundial (a los 20 años) reconoce en su autobiografía, Toda la verdad (Duomo) que, durante mucho tiempo, ha sido “un tipo ignorante, furioso y amargado que debía madurar mucho.”

El libro, aparecido hace un par de años en inglés y publicado ahora en español, ha sido escrito por el periodista Larry Sloman, reputado cronista de celebridades estadounidenses, después de haber entrevistado en varia ocasiones a Tyson, quien le pareció “una persona dolorosamente honesta e increíblemente sensible.” A lo largo de 500 páginas, el personaje habitual en muchas juergas de famosos confiesa los éxitos, fracasos y dolores que lo han llevado a ser “un hombre nuevo.”

Michael Gerard Tyson dice, por ejemplo, que fue un niño “gordo, tímido y afeminado y apestoso”, porque no acostumbraba ducharse; que creció entre las amigas prostitutas de su madre; que, marginado por quienes le rodeaban, probó la cocaína por primera vez a los 11 años; que pasó parte de su infancia y adolescencia en un puñado de reformatorios por los robos que cometía con la pandilla de su barrio, hasta que un ojeador descubrió sus habilidades de boxeador y se lo presentó a Cus D’Amato, entrenador y mánager de Floyd Patterson, entre otras estrellas del boxeo. D’Amato lo sacó del reformatorio, asumió su tutela y se propuso convertirlo en un profesional del cuadrilátero y, después, en el campeón del mundo. Con el triunfo, sin embargo, los delirios de grandeza y los excesos no se hicieron esperar. Porque Tyson tuvo claro desde el principio que él “no quería ser el héroe, sino el villano.”

Con sinceridad y sin tapujos, el hombre que ahora dice ser vegano recuerda también el acontecimiento por el que quizá es más conocido: la pelea en la que le arrancó de un mordisco un pedazo de oreja a Evander Hoyfield. Han pasado casi 20 años desde entonces y cuenta que si aquella vez mordió, arrancó el trozo de oreja y lo escupió en el ring, lo hizo como respuesta a los cabezazos con los que Hoyfield le abrió una ceja. Después de perder, tuvo que pagar tres millones de dólares de multa, le retiraron la licencia para pelear en el Estado de Nevada y se refugió en las drogas y el sexo para soportar la lapidación social que le cayó encima.

Pero antes, en 1992, fue encarcelado por “la violación” de Desirée Washington, aspirante a ser elegida como “Miss América Negra” el año anterior. Lo condenaron a 10 años de prisión, pero solo estuvo encerrado poco más de tres, pues fue liberado por “buena conducta.” Él dice que lo que ocurrió aquella noche en la suite de un hotel de Indianápolis fue consensuado y no forzado. “No violé a Desirée Washington. Ella lo sabe, Dios lo sabe y las consecuencias de sus actos es algo con lo que tendrá que vivir el resto de sus días.” Lo que sí acepta es que a los exámenes antidopaje presentaba la orina de otra persona (porque él no paraba de drogarse).

El hombre que llegó a creerse la reencarnación de Alejandro Magno cuenta que comenzó el siglo XXI con su fortuna dilapidada por los excesos y arrastrando un par de divorcios escandalosos. Agrega, eso sí, que un día de 1988, poco antes de que concluyera el proceso de su primer divorcio, sorprendió en la cama a su todavía esposa, la actriz Robin Givens, con el actor Brad Pitt, a quien no le partió la cara porque el actor “vivía de ella.”

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